El juego de la oca

Ayer estuvimos comentando la noticia de un cisne que encontraron unas vecinas de Barcelona en plena calle sin saber de dónde había salido. Yo te hice un chiste mitológico al respecto que, evidentemente, no pillaste:

—Igual el cisne es un Zeus disfrazado que ha venido a seducir a nuestra alcaldesa Leda Colau —dije.

Me has mirado con cara de asco y me has dicho: «Papá, se llama Ada Colau, no Leda Colau». Lo sabía. Eso me sucede por pasarme de listo. A veces se me olvida que aún eres demasiado joven para saber que Leda, esposa del rey Tíndaro, fue seducida por Zeus transformado en cisne. Y es que no sé por qué, pero cada vez que veo u oigo hablar de un cisne, además de la princesa espartana Leda, me viene a la cabeza El juego de la oca. Ya sé que la oca no deja de ser un ganso pero, aunque su plumaje debería ser gris parduzco, en el tablero de juego siempre se la representaba muy blanca nadando en su estanque como si fuera un cisne.

Si hay un juego que define la vida como ningún otro es El juego de la oca. Su dinámica es muy sencilla. Después de tirar un dado, cada jugador ha de hacer avanzar su ficha por un recorrido en forma de espiral compuesto de 63 casillas, en función del número obtenido en cada tirada. Dependiendo de la casilla en la que se caiga, se puede avanzar o retroceder, y algunas de ellas llevan implícita una acción o un castigo: «de oca a oca y tiro porque me toca», «de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente», «de dados a dados y tiro porque me ha tocado» o «del laberinto al 30», entre otras. Tú sabes que en casa nunca hemos sido demasiado de jugar a juegos de mesa, pero a La oca sí que hemos jugado bastante cuando eras pequeña. Era la forma más sencilla de que te fueras familiarizando con los números y la rutina de contar. La rutina, digo bien, porque, en realidad, la vida y La oca tienen muy poco de juego y mucho de rutina. Tanto una como otro ofrecen pocas posibilidades de decisión: tienes un camino marcado, avanzas, retrocedes, esperas, vuelves a empezar y, si tienes suerte, con el tiempo, llegas al jardín de la oca.

Recuerdo que de pequeño solía jugar mucho a La oca con mi familia durante las tardes invernales de domingo. Y ahora, cuando pienso en ello, cobra sentido la frase de Umberto Eco cuando decía que aquello en lo que nos convertimos depende de lo que nuestros padres nos enseñan en pequeños momentos, cuando no están intentando enseñarnos. Jugando a La oca aprendí que la vida era picar piedra, tirar y volver a tirar el dado cada vez, avanzar y retroceder, pensar que ya casi lo has conseguido y, cuando lo tienes al alcance de la mano, volver a empezar, porque en la vida nadie te regala nada. Bueno, eso y tener suerte. No importa el nivel de concentración que apliques al juego, porque al final todo está en manos del azar.

Las madres y padres tratamos de educar cada día a nuestr@s hij@s, pero son ellos con sus pequeños gestos los que nos devuelven con creces lo que hacemos por ellos. Y es entonces cuando te das cuenta de que cuanto más recibes, más das. En La oca, como en la vida, no se puede elegir el camino pero sí con quien caminas. Y lo mejor del camino no son las cosas que acumulamos, sino los momentos de calidad que vivimos con los que nos acompañan. Aun así, la vida también tiene disgustos que suelen venir sin avisar y, de repente, sin saber por qué, del laberinto retrocedemos a la casilla 30. Por eso hemos de aprovechar a tope esos buenos momentos.

Estoy seguro de algún día llegarás a ser alguien, incluso a pesar de mí. A pesar de mis dudas y mis miedos que, sin querer, seguro que te estoy transmitiendo. Haz o deja de hacer cosas solo porque quieras o no hacerlas, nadie te pedirá cuentas si dejas de hacer algo, solo tú misma. Porque acostumbrarse a vivir es como el que te acabe gustando el café o la cerveza, es una simple cuestión de dejar que vaya pasando el tiempo.

Música: Macy Gray (1999). I Try. En On How Life Is [CD y descarga digital]. Hollywood, California. Paramount, Sunset Sound y A&M.

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