El día de mañana

Hay momentos en la vida difíciles de olvidar. Como buen cinéfilo que soy, uno de mis favoritos es la primera vez que escuché el monólogo final del replicante Roy Batty, interpretado por Rutger Hauer, en la película de Ridley Scott Blade Runner. Los que ya tenemos cierta edad recordamos de pe a pa la secuencia en la que herido bajo la lluvia y abrazado a una paloma dice aquello de: «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.»

Sé que es difícil de imaginar, pero convivir con una adolescente me proporciona la oportunidad de disfrutar de momentos mágicos en los que mi memoria se conecta con la imaginación y así, sin haberlo buscado hago unos viajes en el tiempo que ríete tú del periplo de Phileas Fogg. Es una oportunidad que me permite viajar más allá de Orión y trascender la realidad en la que vivo. Por un instante me siento como Tannhäuser o Roy Batty y, tras cruzar aquella Puerta, me transporto a esa dimensión que me anticipa el futuro. Y lo mejor de todo es que, lejos de sentirme como ellos, dos personajes abatidos a los que lo único que les espera es su final, yo me siento más vivo que nunca.

Esta mañana mientras estábamos desayunando te has levantado de la mesa para ir a la cocina a coger algo que habías olvidado. Al volver, me has mirado con un punto de soberbia que me recordó a mí cuando tenía tu edad y me has espetado en toda la cara: «Pero estos de la radio de qué van poniendo música guay en medio de los discursos políticos. ¿Se creen que alguien va a escucharlos por eso?».

Y yo, absorto, me quedo mirándote fijamente, y veo ante mí a Roy Bati, no abrazado a una paloma sino a un vaso de zumo de naranja recién exprimido. Y te imagino sentada bajo la lluvia hablándome del futuro junto a la Puerta de Tannhäuser. Te cuento el final de la película Blade Runner para ponerte en contexto y me veo obligado a argumentarte la historia de aquel caballero medieval que descubrió la puerta de una cueva en el interior de un monte en la que habitaba la diosa Venus. Te aclaro que fue en ese mismo lugar donde convivió con ella disfrutando de sus placeres hasta que, lleno de remordimientos, decidió salir. Adivino la sorpresa en tus ojos, y sigo explicándote que fue en aquel entonces cuando decidió contarle al mundo lo que había visto. Para ello viajó a Roma y pidió al Papa la absolución de sus pecados. Pero éste no se la concedió, argumentando que sería más fácil que su báculo floreciese. Y así, sin más, tres días después de la partida de Tannhäuser, el báculo papal floreció. Y, aunque el Papa envió mensajeros en su búsqueda, nunca más volvieron a tener noticias suyas.

Me miras con tus ojos como platos y me dices: «¡Jo, papá! Yo es que flipo. ¡Vaya rollo!». Te observo en la distancia y me parto de risa. Me fascina la vida que hay en la luz de tus ojos. Unos destellos que abren mi mente de par en par, mostrándome un futuro que ahora mismo ni siquiera soy capaz de imaginar. Un año nuevo comienza y me pregunto cómo te imaginarás el tuyo. ¿Cómo serás el día de mañana? ¿En qué creerás? Qué pensarás del amor y del sexo; de la radio y de la política.

Sostiene Stephen Covey que lo más importante en la vida es que lo más importante ha de ser siempre lo más importante. Esta afirmación puede parecer una perogrullada, pero en realidad no lo es. Siempre dejamos las cosas para mañana pensando que el tiempo nunca se agota, pero el mañana siempre acaba llegando para convertirse en hoy y, en menos de lo que canta un gallo, ya es ayer. Y es que el tiempo pasa volando. Y la vida, como el río de Heráclito, no nos deja bañarnos dos veces en la misma agua. Piensa que estar viva es maravilloso. Por eso, espera siempre lo mejor, pero prepárate para lo peor. El futuro es de los valientes. Vive la vida, pero siempre a lo grande. Ya que estás aquí no busques la oferta de la mitad de precio, elige siempre el dos por uno, porque nunca sabemos si habrá un día de mañana.

Música: Claudio Baglioni (1995). L’ultimo omino. En Io sono qui [CD y descarga digital]. Italia. Sony/BMG.

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