Detener el tiempo

–Papá, ¿crees que este año cambiaremos de hora?
–Pues no lo sé, –respondí. Además, no creo que esa sea la pregunta. La cuestión es cuál de las cuatro posibles opciones es más ventajosa.
–Ah, ¿sí?
–Pues, sí. No es lo mismo mantener el horario de invierno que conservar el de verano. Al igual que no es lo mismo quedarnos como estamos que cambiarnos a la hora que nos correspondería según nuestro meridiano.
–¡Ah, pues vale!

Por tu mirada puedo adivinar que mi respuesta te ha sonado a chino, pero se me hace fácil pensar que ante una decisión tan importante como cambiar la hora, a buen seguro, como de costumbre, no todos estaremos de acuerdo con la misma opción. Además, viviendo en un país como el nuestro, tan poco proclive a tomar decisiones conjuntas, lo mismo al gobierno se le ocurre que cada comunidad autónoma tome la decisión por su cuenta. A pesar de lo loco del asunto, tendría su gracia que cuando viajáramos a Valladolid tuviéramos que cambiar cuatro veces de hora.

Detener el tiempo, siempre ha sido una de mis obsesiones. Recuerdo que cuando era niño y tenía un problema me acostaba deseando que esa noche hubiera una noche polar, ese fenómeno que solo sucede en los círculos polares en el que no hay sol ni crepúsculo y se prolonga por más de veinticuatro horas. Pensaba que esa podría ser una forma de detener el tiempo, de posponer los problemas, de detener la vida.  Pero la vida no se detiene. Al igual que el cine es un conjunto de fotogramas proyectados a una cadencia de veinticuatro por segundo, la vida no es más que la suma de muchos instantes que únicamente cobran sentido cuando están en movimiento.

Si me preguntaras cuál es el personaje histórico que más admiro no sabría bien qué responderte. Lo que sí puedo asegurarte es que entre los cien primeros estaría Josué. Veo por tu cara de asombro que no tienes ni idea de quién fue. Pues pongamos fin a esa cara de duda. En realidad no sé ni siquiera si existió, pero según la Biblia él fue la persona escogida por Dios para suceder a Moisés como líder de los israelitas. Él conquistó la mayor parte del territorio de la tierra prometida y la distribuyó entre las doce tribus de Israel. Mi admiración por él no se debe simplemente a que fuera capaz de derribar las murallas de Jericó con música de trompetas, sino al hecho de haber detenido el Sol y la Luna en medio del cielo, eso sí, con la ayuda de Yahvé, para ganar la batalla contra los belicosos reyes amorreos que gobernaban en Canaán. Al parecer, durante un momento de la batalla, Josué estaba preocupado porque el enemigo los había rodeado y si oscurecía, podrían llegar a derrotar su ejército. Fue entonces cuando pidió a Dios para que detuviera el Sol. Y así sucedió. El tiempo se detuvo.

Albert Einstein hablaba de lo relativo que es el tiempo desde el punto de vista de la física, pero el tiempo verdaderamente importante es el psicológico. Es decir, la percepción que cada uno de nosotros tenemos de su paso. De todos es sabido que cuanto más mayores somos más rápido pasa el tiempo. Solo tenemos que recordar cómo los veranos de nuestra infancia parecían durar siglos, y los actuales parecen durar un suspiro. Pero ¿cómo detener el tiempo? La vida me ha enseñado que la única forma de hacer pasar más lentamente el tiempo es acumular experiencias. Cuantas más mejor, porque cuantos más momentos especiales tengas para recordar, más rica y larga te parecerá tu vida.

Hoy has comenzado un nuevo curso escolar. Tu primer año en el instituto. Al llegar a casa por la noche me has contado, con el desparpajo que te caracteriza, lo bien que te lo habías pasado por la tarde con unos amigos. La vida es algo tan simple como eso: una sucesión de instantes irrepetibles. Aprovéchalos, porque nunca más volverán a repetirse. Vívelos intensamente, porque el tiempo pasa sin darnos cuenta y, un buen día, puede que te sorprendas preguntándote dónde ha ido a parar tu vida.

Música: Celtas Cortos (1990). La senda del tiempo. En Gente impresentable [CD]. España. Producciones Twins.

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