Las buenas personas

Tu abuela siempre dice que el mundo está lleno de buenas personas. No pongo en duda la veracidad de esta afirmación, pero a pesar de mi edad me siento incapaz de reconocerlas. Y esto es realmente curioso, porque hasta la fecha no he conocido a nadie en su sano juicio que se haya declarado de antemano una mala persona. La pregunta del millón de euros es ¿qué consignas debería darte para que seas capaz de distinguir una buena persona de una mala si ni yo mismo lo sé?

Como no tengo ningún sermón preparado al respecto intentaré ofrecerte algunas sugerencias sobre los errores más frecuentes que cometemos a la hora de decidir si alguien es una buena persona. El primer fallo que solemos cometer, es que simplemente nos basamos en si esa persona piensa como nosotros o no. ¿Por qué digo que es un error? Porque a partir de ese momento nuestra única preocupación es segregar a los que no piensan como nosotros, al considerarlos malas personas, dejando por tanto de ser nosotros mismos unas buenas personas.

Nuestro segundo desliz suele ser la condescendencia con la que tratamos a las buenas personas. Como presuponemos su buen hacer, les permitimos que hagan todo lo que propongan con tal de conseguir el bien común. Además, las buenas personas nunca hacen nada en su propio beneficio. Todo lo hacen por los demás. Supongo que de ahí viene la confusión de considerar a las buenas personas como auténticos bobos de remate. Pero, ¡cuidado! Porque, cuando menos te lo esperas, pueden haberte metido en un lío del que no sabes por dónde salir. Y es que, como diría un buen amigo, no hay nada peor que un tonto motivado.

El otro día me preguntaste cuál era mi libro favorito. Yo me quedé un poco perplejo y no supe qué responderte. Mientras ganaba tiempo te respondí a la gallega. ¿Y el tuyo?, te dije. Pues ahora mismo este, respondiste, y me enseñaste Canciones para Paula de Blue Jeans. La verdad es que soy de esas personas que suelen tener un libro favorito cada mes, normalmente el que estoy leyendo. Pero si hay un libro que me ha acompañado desde que lo leí en mis años de carrera es El espíritu de las leyes de Montesquieu. Es uno de los pocos libros que ha sobrevivido a cada mudanza que he hecho, y te aseguro que no han sido pocas.

En sus páginas, Montesquieu describe cómo las diversas formas de gobierno se ven influidas por la manera de ser de los diversos grupos que las integran, las cuales, a su vez, están condicionadas por factores externos de carácter geográfico o histórico que, además, son responsables a la hora de definir las leyes que rigen dicha sociedad. Tú aún no lo sabes, pero este libro es considerado uno de los grandes clásicos del pensamiento universal. Sobre todo es muy importante porque en él se plantea por primera vez  la teoría de la separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), como elemento esencial de la libertad. Según Montesquieu, esta separación ha de cumplir tres papeles fundamentales. En primer lugar un papel funcional, consistente en especializar a diversos órganos del poder en el cumplimiento de ciertas funciones. En segundo lugar, evitar la acumulación de poderes en un mismo cuerpo; lo que sucedería, por ejemplo, si el poder ejecutivo tuviera la capacidad de juzgar y condenar ciudadanos. Y en último lugar, una función de control mutuo que obedezca a las normas constitucionales y legales.

Vivimos tiempos de fiebre amarilla, rodeados por todas partes de mesías y redentores. Y es que nos olvidamos con facilidad de que las ideas no son un credo, sino una simple herramienta para alcanzar acuerdos. Nuestros políticos, todos ellos buenas personas, ya sean de un color o de otro, deberían volver a releer a Montesquieu de vez en cuando y reflexionar sobre hacia dónde están llevando nuestra sociedad. Ninguno de ellos se está dedicando a gestionar la realidad. Su única prioridad, como buenas personas que son, es trabajar por el bien común para así pasar a la historia con letras doradas. ¡Basta ya de tanta irresponsabilidad! ¡Basta ya de tanto buenismo! A veces tengo la sensación de estar viendo Misión imposible en bucle. Y no lo digo precisamente en alusión al título de la misma, que también, sino porque ambos bandos están constantemente con la cerilla en la mano esperando la orden de Ethan Hunt para encender la mecha. Decía Victor Hugo que es muy fácil ser bueno, lo difícil es ser justo. Pues eso, nada más que alegar, señoría. Fin de la cita.

Música: Jack Johnson (2005). Good People. En In Between Dreams [CD]. Hawái, EE.UU. Brushfire Records.

 

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