En la ciudad blanca

Ayer llegamos a Lisboa, penúltima etapa de nuestro periplo por tierras portuguesas. Parece que comenzamos ayer, pero ya llevamos casi semana y media en la carretera. Durante estos diez días hemos visitado Oporto, Aveiro, Figueira da Foz, Nazaré, Foz de Arelho, Caldas de Rainha, Óvidos, Peniche, Ericeira, Sintra y ahora, Lisboa.

He estado unas cuantas veces en Lisboa, siempre por trabajo, pero esta es mi primera estancia en la ciudad blanca sin nada en particular que hacer. Lisboa es, tal vez, una de las ciudades más cinematográficas que recuerdo: Historias de Lisboa (1994) de Wim Wenders, Sostiene Pereira (1996) de Roberto Faenza, Misterios de Lisboa (2010) de Raúl Ruiz o Tren de noche a Lisboa (2013) de Bille August. No obstante, mi favorita es y será siempre En la ciudad blanca (1983) del director suizo Alain Tanner.

Ayer os contaba la anécdota del comienzo de la película en la que un marinero recién llegado a la ciudad entra en un bar y descubre un reloj cuyas agujas avanzan en el sentido contrario al habitual. Ante su sorpresa, le dice a la camarera: «Ese reloj de ahí va al revés», y la camarera le responde «No, él va bien, el mundo es el que va al revés.» Vi esa película en mis primeros años de universidad: mis años de descubrimiento en todos los sentidos. Aquel breve diálogo me marcó de por vida. Lisboa, sin apenas darme cuenta, me había dejado su huella de luz para siempre.

Recuerdo como si fuera ahora a Paul, aquel marinero que desembarcó en Lisboa cargado únicamente con su cámara de Super-8, su radio y una armónica. Un hombre atormentado que solo quería escapar de sí mismo. Un náufrago que deambulaba por sus laberínticas calles con la única aspiración de pausar su vida y no hacer nada, salvo grabar películas con todo lo que veía para enviárselas a su novia Élise.

Estar ocioso en Lisboa es uno de los mayores placeres que uno puede experimentar en la vida. El reloj de la película de Tanner, en el fondo, no es más que una metáfora de la relación de Lisboa con el tiempo. Esta ciudad tiene algo que te invita a la molicie, a perderte, en el buen sentido de la expresión, por el lado salvaje de la vida. ¿No sería maravilloso poder hacer desaparecer de repente cualquier tipo de responsabilidad? Eliminar la dimensión espacio-tiempo que nos asfixia y no hacer NADA: no solo en vacaciones, sino SIEMPRE. Sentir esa maravillosa sensación de que el tiempo se disuelve y nada existe en realidad.

Pese a lo que la mayoría de la gente piense, simplificar no es sinónimo de empobrecer, sino que significa ir a lo esencial, a lo que realmente importa. La naturaleza tiene mucha más experiencia que nosotros y, a poco que nos fijemos, descubriremos que esta siempre tiende a los sistemas más sencillos. Nuestra vida cotidiana nos lleva a ir de un lado a otro sin rumbo, como pollos descabezados. Nos empuja a actuar, hacer cosas, vivir a toda velocidad, sin apenas darnos cuenta de que estamos más preocupados por hacer cosas que por reflexionar sobre qué hacer. No podemos controlar nuestro futuro, pero sí esbozar el proyecto de persona que queremos ser. Por eso hemos de atrevernos a pensar, y evitar hacer lo que todo el mundo hace sin tener en cuenta si eso es lo que realmente nos apetece hacer.

Decía Enrique Vila-Matas que Lisboa no es la ciudad blanca que Tanner creyó ver, sino «una ciudad azul de alegres nostalgias inventadas.» Yo no soy nadie para llevarle la contraria, pero me sigo quedando con el tópico. Hoy pasearemos juntos por Lisboa e intentaré hacer ese momento eterno mientras la luz ilumina mi cabeza y te sostengo de la mano bien fuerte.

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