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Ciao, Gigi!

Siempre me recriminas que aplauda los goles del equipo contrario. Te pone de muy mal humor y, además, te cabreas conmigo. Pues mira tú por dónde. Hoy me he sentido muy identificado con Gianluigi Buffon, el porterazo de la Juve y de la selección italiana, al que los dos admiramos tanto.

Ayer, justo antes de comenzar el partido de clasificación para el Mundial tuvo un gesto ejemplar para con sus rivales. Italia se jugaba la clasificación para el Mundial de Rusia, en el partido de vuelta de la repesca, ante Suecia. Instantes antes de empezar el partido, mientras sonaban los himnos nacionales, el estadio Giuseppe Meazza comenzó a abuchear y silbar el himno de la selección sueca. ¿Y sabes qué hizo Buffon? Pues se puso a aplaudir el himno de la selección visitante como protesta a lo que estaban haciendo los aficionados italianos. ¡Así son los más grandes!

Lo que a buen seguro no se imaginaba Gigi era cómo iba a terminar el desenlace. La “Squadra Azzurra” no pasó del empate en Milán y no irá al Mundial de Rusia. ¡Una verdadera lástima! El mundial de Rusia no será igual que los demás. Y no solo porque España juegue con la camiseta tricolor, sino porque no estarán ni Buffon, ni Verrati, ni Bonucci, ni El Shaarawy…

Siempre he sido muy de Italia. Todavía recuerdo aquella tarde de julio del Mundial de España en el que se jugó el mítico partido entre Brasil e Italia. Yo tenía 18 años. Todos mis amigos apoyaban a Brasil y yo, solo ante el peligro, animé hasta quedarme afónico a la “Squadra Azzurra” capitaneada por el gran Paolo Rossi. El mejor Brasil de la historia, con Zico, Luizinho, Junior, Toninho Cerezo, Falcao y Sócrates cayó eliminado ante Italia por dos goles a tres. El partido tuvo de todo. Además de los goles tuvo tensión, estética, polémica, emoción y, por encima de todo épica, mucha épica. Si algo aprendí de aquel partido fue, precisamente, la importancia de ser práctico.

Esta mañana, mientras recordaba el partido, pensé en Buffon, en sus lágrimas de despedida de la selección, y en lo extraño que será un Mundial sin Italia 60 años después. Pero lo que nunca podré olvidar es la maravillosa carta que el legendario cancervero italiano dedicó a la portería. La escribió para celebrar su récord de imbatibilidad en la Serie A, tras haber acumulado 974 minutos sin encajar goles. Aquí te la dejo. Es una de las cartas de amor más apasionadas que he leído nunca. Amor. Amor en estado puro a una profesión tan ingrata y poco agradecida como la de portero de fútbol. Ese jugador que viste distinto al resto de sus compañeros, y sufre más que ellos. Casi siempre está solo ante el peligro. Condenado a ver el partido desde lejos, sin poder hacer goles y tratando de que no se los metan a él. Vamos, que si hubiera tenido que redactar una definición de ‘padre’ o ‘madre’ no lo hubiera hecho mejor en la vida. Ojalá, algún día llegues a hacer algo que despierte en ti tanto amor como el que expresa Gigi Buffon en su misiva. ¿Se puede decir algo más bello? Disfrútala.

Tenía 12 años cuando te di la espalda.

Renegué de mi pasado para asegurar tu futuro.

Fue una elección del corazón.

Una elección del instinto.

Justo el día en que dejé de mirarte a la cara, sin embargo, empecé a amarte.

A protegerte.

A ser tu primer y último instrumento de defensa.

Me prometí que haría todo lo posible para no cruzarme con tu mirada. O para hacerlo lo menos posible. Pero cada ocasión fue un sufrimiento, tener que darme la vuelta para entender que te había desilusionado.

Una vez.

Una vez más.

Siempre hemos sido opuestos y complementarios, como la Luna y el Sol. Forzados a vivir uno al lado del otro, pero sin poder tocarnos. Compañeros de vida a quienes se niega el contacto.

Hace más de 25 años hice mis votos: juré protegerte y vigilarte. Convertirme en un escudo contra tus enemigos. Siempre he pensado en tu bien, anteponiéndolo al mío. Y todas las veces que me di la vuelta para mirarte intenté sostener tu expresión decepcionada con la cabeza bien alta, pero a sabiendas de mi sentimiento de culpa.

Tenía 12 años cuando le di la espalda a la portería.

Y seguiré haciéndolo. Mientras las piernas, la cabeza y el corazón resistan.

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Cosas de la vida

-Papá, ¿sabes que tenemos una monitora guay en el cole?

-¿Ah, sí?

-Sí, y me encanta.

-Pero, ¿por qué?

-Pues, porque nos cuenta cosas de la vida.

Esta conversación es fácil de reproducir, pero un poco más difícil de digerir. ¿Qué significa que una monitora os cuenta co-sas-de-la-vi-da? Y, entonces, ¿qué llevamos haciendo tu madre y yo durante los 143 meses de tu existencia? Siempre he pensado que educar es preparar para la vida, aunque hablar de la vida como progenitor sea lo mismo que escribir un inútil libro de autoayuda. Un libro que tu madre y yo llevamos escribiendo contigo desde hace ya demasiado tiempo como para que, a la primera de cambio, venga una mo-ni-to-ra y nos pase la mano por la cara.

Hasta ahora creía haberte hablado de la vida cada día: de los problemas del planeta, de la injusticia social, de las guerras, de los derechos y obligaciones fundamentales del ser humano, de los niños que mueren de hambre, de la gente que huye de sus hogares buscando una vida mejor… Pero, ya veo que no ha sido así. ¿Cómo explicarte la vida, hija?

Decía Borges que nunca se sale indemne de la lectura de un buen libro. Y eso es lo que me sucedió con la lectura de Cómo explicarte el mundo, Cris de Andrés Aberasturi. Me dolió cada línea que leí y le di gracias a Dios, o a lo que sea, por tener una hija normal. Una hija con la que poder compartir momentos e, incluso, hablar de la vida, aunque ella no lo reconozca.

Tiene gracia. Hoy he recordado una noticia que me fascinó cuando la leí. Es la historia de un ingeniero y directivo de Google llamado Mo Gawdat. Creo recordar que este fenómeno confesaba haber encontrado la fórmula matemática de la felicidad después de haber perdido a su hijo de 21 años durante una operación rutinaria. Mo había llegado a la conclusión de que la felicidad no es exactamente lo que la vida te da, sino tu opinión acerca de lo que la vida te da. Si pensamos en ello nos daremos cuenta de que siempre hay algo por lo que debemos estar agradecidos y, en consecuencia, ser felices.

Cada vez tengo más claro que el secreto de una vida feliz no consiste en encontrar tu yo interior, sino en llegar a un acuerdo de no agresión contigo mismo. Cada uno debe asumir las circunstancias de su propia vida, porque un día la vida se irá y, en el mejor de los casos, alguien llorará por nosotros. Y la mimosa que plantamos ayer por ti seguirá ahí, brindando sombra a todo el que se la pida.

Ahora creo que ya te he entendido. Educar no es aleccionar, es más bien acompañar. A veces me cuesta entender que la vida es como una carta náutica, nos indica donde hay zonas difíciles de navegar, pero no nos impone un rumbo. Las personas, a pesar de convivir con la incertidumbre, no siempre necesitamos que nos den consejos. Sólo queremos que nos escuchen, nos comprendan y nos acompañen. ¿Verdad que sí, hija?

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Deus Ex Machina

El pasado fin de semana me preguntaste, con tus propias palabras de una niña de once años, cómo pensaba que se iba a solucionar la situación política que estamos viviendo en Catalunya. La verdad es que en un primer momento no supe qué responderte. Me defendí con evasivas: que si iba a ser una semana crucial…, que si era el momento del diálogo…, que si…, que si…, que si quieres arroz Catalina. ¡Basta de pamplinas! Me resulta duro reconocerlo, pero a estas alturas de la película ya he perdido la fe en el ser humano.

La verdad verdadera es que lo primero que me vino a la cabeza fue decirte que el único remedio que veía como posible solución era usar un Deus Ex Machina. Lógicamente, me lo pensé dos veces antes de darte esa respuesta. A veces ni yo mismo me entiendo. Pero ahora que tenemos más tiempo te explicaré qué es y cómo funciona. Este recurso se utiliza mucho en la literatura y en el cine, y consiste en utilizar un elemento externo que acaba solucionando el conflicto de un modo ilógico e inapropiado, sin respetar la coherencia de la propia historia.

Ahora te estarás preguntando de dónde proviene. Pues el término se acuñó en la antigüedad clásica, cuando en el teatro griego y romano una grúa introducía a una deidad en escena para resolver una situación. Hasta que ocurría el Deus Ex Machina, la escena estaba cargada de tensión, pues nadie podía imaginar cómo iba a solucionarse la situación.

El ejemplo más bochornoso que recuerdo de su uso fue durante los últimos cinco minutos del último capítulo de la serie Los Serrano. Esta serie estaba protagonizada por un trío de gañanes que repartían caspa a diestro y siniestro. Eso sí, contribuyeron a difundir el vocablo “mayormente” por toda la geografía española. Pues resulta que los guionistas decidieron poner fin a los cinco años que la serie había estado en pantalla con el viejo truco de “y entonces se despertó”. Decidieron acabar la comedia con un decepcionante: al final todo había sido un sueño.

Vamos, que más o menos todo acabó como en el cuento de Augusto Monterroso, el cuento más corto jamás escrito:

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”

Cada vez que te lo cuento me preguntas: pero, cuéntame el final. No tiene final, es que empieza y acaba así, Y entonces, ¿qué significa, papá? Pues saber su significado real es imposible, ya que, para empezar, no sabemos ni quién es el sujeto de la frase. Disquisiciones lingüísticas aparte, yo siempre he pensado que el protagonista podía ser cualquiera de nosotros y que, si no hacemos nada por solucionar un problema, a la mañana siguiente lo seguimos teniendo frente a nosotros.

Los seres humanos no acostumbramos a ver la realidad tal cual es, sino que la vemos como si viviéramos dentro de un sueño. Creo que, en realidad, percibimos la realidad tal y como la relataba Platón a través de su famoso mito de la caverna: nunca la miramos directamente a los ojos, sino que solo acertamos a ver las sombras que esta nos proyecta.

Si hay algo que hemos de agradecerle a Los Serrano es el haber contribuido a simplificar la realidad hasta hacerla fácilmente digerible. Mira tú por dónde, ahora me siento más tranquilo. Creo que me iré a dormir y cerraré fuertemente los ojos con la esperanza de no ver mañana cuando me despierte al dinosaurio de nuevo frente a mí. Ojalá un mal guionista haga que todo se solucione de un plumazo, y convierta la realidad que, mayormente, creemos estar viviendo en un simple mal sueño.

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Avui jo sí que tinc por!

Sí. Hoy tengo miedo, mucho miedo. No lo oculto. Estoy muy asustado. Me duele el país en el que vivo. A decir verdad, lo que más me duele son los políticos que padecemos. Unos y otros. Todos sin excepción. Porque el rocoso e intolerante discurso de ambos hace que nos invada el sentido de lo excepcional frente al sentido común.

¿Qué nos está pasando? ¿Por qué tanto odio? Están sucediendo muchas cosas en demasiado poco tiempo en un contexto desconocido que no sabemos cómo acabará. Hija, yo ya no tengo argumentos para explicarte nada más sobre lo que está pasando. Decía Kierkegaard que la historia se entiende hacia atrás, pero hay que construirla hacia delante. Esa es la gran dificultad.

No recuerdo una escalada de tensión tan grande desde los peores años de la Guerra Fría. Tal vez por eso esta noche recordé una canción de Sting escrita durante la década de 1980. La canción se titula Russians y está incluida en el primer disco que publicó tras separase de The Police: The Dream of the Blue Turtles. Es una canción que incita a plantearnos cuáles eran las verdaderas causas de tanto odio entre rusos y estadounidenses, y el porqué de esa actitud letal de querer destruirse mutuamente sin pensar en el futuro de sus hijos.

A mí siempre me ha parecido una magnífica canción para reflexionar sobre lo inútil de los enfrentamientos y todo el ambiente tenso que ellos generan. La gresca nunca ha sido solución para nada: solo es una cruel mentira para machacar al adversario. Aquí te dejo la letra por si algún día la quieres leer. Decía Steve Jobs que no se pueden unir los puntos mirando hacia delante; se pueden unir únicamente mirando hacia atrás. Confío en que tu generación sepa leer el pasado para poder unir los puntos en el futuro. Me temo que la mía ya no está a tiempo.

En Europa y América hay un creciente sentimiento de histeria
condicionado a responder a todas las amenazas.
En los discursos retóricos de los soviéticos
el Sr. Kruschev dijo: “Nosotros los enterraremos”.
Yo no estoy de acuerdo con este punto de vista.
Sería de tontos estarlo
si los rusos también aman a sus hijos.

¿Cómo puedo salvar a mi pequeña del juguete mortal de Oppenheimer?
Nadie tiene el monopolio del sentido común.
En cada bando político
compartimos la misma biología.
Al margen de la ideología,
créeme cuando te digo
que espero que los rusos también amen a sus hijos.

No hay precedente histórico
en poner las palabras en boca del presidente.
No hay ninguna guerra que se pueda ganar.
Es una mentira que no nos creeremos nunca más.
El Sr. Reagan dijo: “Nosotros os protegeremos”.
Yo no estoy de acuerdo con este punto de vista.
Créeme cuando te digo
que espero que los rusos también amen a sus hijos.

Compartimos la misma biología.
Sin tener en cuenta la ideología
¿qué puede salvarnos a ti y a mí?
A lo mejor que los rusos también amen a sus hijos.

 

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¡Cansina rutina!

Dicen que las vacaciones son el momento ideal para cargar las pilas y afrontar con energía el nuevo curso. La vuelta a la rutina implica volver a levantarnos a la misma hora y comer de nuevo de una forma ordenada. Y es que durante las vacaciones aprovechamos para mandar a paseo las obligaciones y disfrutar de nuestra verdadera vida. He de reconocer que soy una de esas personas a las que les gusta volver a la normalidad. Reconozco que me gusta la rutina, aunque, ojalá la normalidad fuera estar siempre de vacaciones.

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Si el verano ha servido para algo, aparte de disfrutar de las pequeñas maravillas de la vida, ha sido para comprobar cómo estás creciendo y cómo, pasito a pasito, vas pidiendo espacio propio para despegar y comenzar a volar sola. Te miro y veo una pequeña Virginia Woolf en potencia reclamando para sí “una habitación propia”.

Estaba yo inmerso en mis tribulaciones cuando me asaltaste con una de tus dudas:

-Papá, ¿cuál es la pregunta que más odias que te hagan?
-¡Ay! ¡Pues no lo sé! ¿A qué tipo de preguntas te refieres?
-No lo sé -me respondiste. Yo por ejemplo odio esas preguntas en las que tienes que decidirte por una cosa o por otra. Esas del tipo: “¿A quién quieres más a mamá o a papá?
Te miré a los ojos y por primera vez no tuve miedo de afrontar la verdad.
-Mira, si hay una pregunta que odio que me hagan es si soy independentista o españolista.

Me miraste con cara de póquer como diciendo ya comienza papá de nuevo con sus rollos de costumbre. Y es que es verdad. Yo también odio ese tipo de preguntas. Y, en los tiempos que corren, más todavía. Simplemente por lo que tienen de excluyente, y porque aborrezco descubrir que lo mejor que cualquiera de las dos respuestas puede ofrecerme es su capacidad de hacerme daño.

Este año la vuelta a la rutina ha sido mucho más sencilla porque, al menos en lo político, no ha habido tregua durante el verano. En Cataluña, nuestra casa, la rutina se ha instalado en lo cotidiano como el asfixiante bajo continuo de una composición barroca. Porque cuando alguien te plantea, como tú dices, una de esas preguntas incómodas no le interesa saber tu verdadera opinión. No tiene el más mínimo interés por conocer los matices, los pros y los contras que puede encerrar cada una de tus respuestas. Él o ella sólo te lo preguntan para corroborar su opinión preconcebida, porque ellos ya saben lo que más te conviene.

Nunca he sido de crear fronteras sino más bien de construir puentes. Lo único que busco para ti es ofrecerte un país íntegro donde haya justicia económica y social. Donde no haya ni pobreza, ni desigualdades, ni xenófobos, ni racistas, ni corruptos, ni mediocres. Sólo deseo vivir en un país donde haya un modelo de convivencia basado en la tolerancia y la diversidad. Ya se acerca la fecha. La cuenta atrás ha comenzado. Y como parte de la historia que soy tengo cierto interés narrativo por saber cómo termina este libro, porque la cansina rutina es una verdad incómoda que suena una y otra vez como un bolero falaz.

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Volare

Todo verano que se precie ha de tener una canción que lo haga digno de ser recordado. Este no podía ser diferente. Ayer mientras nos dábamos un baño me dijiste:

-Papá, has de escribir algo sobre esa canción italiana que nos gusta tanto.
-¿Cuál?- te pregunté.
-Pues cuál va a ser- me dijiste, la de “Volare”.

Nuestra canción favorita de este verano se titula igual, o casi, que el tema con el que Domenico Modugno ganó el Festival de Sanremo de 1958. La cantan Fabio Rovazzi y el gran Gianni Morandi, y desde que entramos en territorio italiano no ha parado de sonar en la radio. Cada vez que la escuchamos en el coche todos la bailamos como poseídos.

¿Qué tiene la música que cada vez que escuchamos una canción quedamos hechizados? Da igual que no entendamos nada de lo que dice el cantante. La música estimula nuestras neuronas y hace que desaparezcan las barreras idiomáticas. La música nos atrapa y nos tiene a su merced para volar a través del tiempo y el espacio.

La música nos hace soñar y nos da placer. Pero, lo mejor de todo, es que es capaz de romper barreras entre generaciones. Hace que tú y yo podamos compartir momentos únicos que recordaremos toda la vida. Tú me enseñas tu música, yo te comparto la mía, y así nos enriquecernos mutuamente. Tal vez por eso toco la batería en los Rainy Tuesday, aunque lo hago tan mal que no sé ni cómo me aguantan mis sufridos compañeros Cristian, Simon y Tommy.

Me encanta compartir contigo las historias que las canciones nos cuentan. Vivir y sentir que mientras escuchamos la canción deseada todo funciona. Todo es real. Dejemos, pues, que la música invada nuestros sentidos y nos lleve a un universo paralelo. Permitamos que la música dé sentido a cada momento de nuestra vida. Por eso, cuando nada tiene sentido, la música puede ayudarnos a encontrar esa motivación. La música nos hace volar. ¡Mira!, ¡estamos volando! No tengas miedo a perder el control, aunque no tengamos ni la más remota idea de cómo aterrizar.

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Hoy es siempre todavía

Despierto sobresaltado después de una noche de insomnio y dolor, y compruebo que estás bien. Todavía duermes y, hoy sí, puedo asegurarte que todos a los que amamos están bien. Pienso en lo genial que es comprobar que el hoy existe y que, por tanto, hay esperanza. Esperanza de seguir viviendo y, a pesar de todo, seguir creyendo en la especie humana (a veces se me hace tan difícil). Porque mientras sea hoy, seguro que hay un mañana.

Doy gracias al cielo por poder seguir viéndote crecer, y llorar de gozo al oír tu risa en un día como hoy. Esa es la señal inequívoca de que existe un mañana. A pesar de las espinas que, a veces, nos da la vida seguiré cultivando rosas en mi jardín para aquel que las quiera. Y para vosotros, sólo quiero odiaros, exterminaros, olvidaros para siempre…, y deciros que os quiero lejos de mi ciudad y de todas las ciudades y pueblos donde habita la gente de bien. Pero no puedo. Tengo que seguir adelante. Sé que debo intentar seguir viendo la luz en la oscuridad. Como decía el poeta Blas de Otero:

“Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.”

Siempre nos quedará la palabra…, y la esperanza.