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Lo popular

¡Y es que no dejas de sorprenderme! El otro día nada más despertarte me preguntaste:

-Papá, ¿seguimos teniendo dinero?

-Vaya, pues creo que sí- respondí. Al menos para acabar el mes creo que nos llega-, bromeé. ¿Por qué me lo preguntas?

-Porque ayer vi por la tele que han comprado el Banco Popular. Era nuestro banco, ¿no?

-Sí. Ayer lo compró el Banco de Santander por un euro- respondí.

-¡Anda, papá!, pues lo podríamos haber comprado nosotros y nos habríamos quedado con todo el dinero.

¡Hala! ¡A ver quién es el guapo que desmonta ese argumento!

Hay pocos adjetivos en castellano tan hermosos como “popular”, especialmente si va detrás de sustantivos como “fiesta”, “comida”, “música” o “cultura”. Aunque, la cosa cambia cuando acompaña a “Partido” o “Banco”. Popular ha sido una palabra que nos ha acompañado durante todo el curso académico. Los y las “popus” han sido un tema recurrente en cada cena. Y es que con 10 años tu mundo gira alrededor de la popularidad que tienes en tu casillero. Todavía conservo fresca aquella conversación que tuvimos una noche de primavera cuando te pregunté qué significaba para ti ser popular. Tu respuesta se me quedó grabada:

-Ser popular escuando todo el mundo quiere ser como tú- me dijiste.

-¡Ah! ¡Vale! Es cuando todo el día estás con gente, porque todo el mundo quiere estar contigo- respondí.

-No es lo mismo que todo el mundo quiera estar contigo a que quieran ser como tú.

-¡Ah!, ¿no?

¡Caramba! Pues no lo entiendo. Supongo que la vida me ha maleado lo suficiente como para no entender el razonamiento de una niña de casi once años. Pero sigo intrigado en saber cuáles son las características que convierten a alguien en popular. En mi opinión la primera es, por supuesto, el físico. Me fastidia reconocerlo, pero todos sabemos que es así. Luego, supongo que también se tienen en cuenta, aunque a años luz de distancia, la voluntad y la inteligencia. Una persona popular debe ser un líder íntegro y de gran personalidad. En mi época, a los que ahora llaman “popus” les llamábamos “líderes”, y solían ser modelos de conducta que poseían virtudes heroicas. Lo cierto es que ser popular implica un gran desgaste personal porque, en muchos casos, has de dejar de ser tú mismo para ser como los otros quieren que seas. Al igual que en mi época, querer ser popular no es más que negar tu propia identidad para acabar diluyéndote en un grupo en el que todos son idénticos. Olvidamos que la verdadera riqueza se halla en ser uno mismo, pero eso lo vamos aprendiendo a medida que nos hacemos mayores. Decía Bernard Shaw que “la juventud es una enfermedad que se cura con los años”, y no hay verdad más cierta que esa.

El mejor reflejo de una época son sus héroes. Gracias a ellos tenemos la oportunidad de fabricar nuestro sueño de querer ser mejores cada día y, así, negar la identidad de nuestra existencia. Pero, ¿dónde están hoy en día esos modelos a seguir? Creo que el problema es que esta ausencia de modelos nos empuja a querer ser populares a cualquier precio, prometiendo cosas que sabemos que no vamos a poder cumplir. Lo que nos convierte más que en populares en populistas. Los niños y los mayores del siglo XXI vivimos en una sociedad competitiva que nos exige unas elevadas dosis de originalidad y eficiencia. Pero, curiosamente, las personas mejor valoradas son las más mediocres, por no decir otra cosa peor. Esto hace que quienes mejores capacidades tienen sean ninguneados y, muchas veces, humillados. Vivimos bajo el síndrome de Procusto. Ese que hace referencia a la tendencia que posee el ser humano para rechazar a aquellos con características diferentes a las propias por miedo a ser superados o cuestionados por ellos.Quizás, como dice Forges, todos nos hemos convertido en unos mediocres. Sí, suena duro, pero es así. Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los más populares en cualquier orden de la vida.

Y, ¿una persona popular es un héroe? La respuesta debería ser afirmativa, puesto que alguien popular es aquel que se preocupa por el bien común, aunque se deje la vida en el intento. Menos en política, claro, donde los populares se quejan de que los llamados populistas pretenden atraer con engaños a las clases populares. ¿Clases populares? Un momento, ¿no habíamos dicho que los “popus” eran aquellas personas que todo el mundo trataba de imitar? Pues, sinceramente, no me imagino a Isabel Preysler renunciando a su tren de vida por querer ser como mi tía Juanita. En fin, siempre me pasa lo mismo. ¡Qué desastre! Cuando creo tener algo bajo control se me va todo al garete. A ver si la próxima vez…

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¡Deja que te enseñe mi pequeño mundo!

Hoy ha sido un día especial. No, no ha sido fiesta. Hoy se celebró TOTS A L’ESCOLA. Hoy ha sido el día en el que madres y padres de la ESCOLA PÚBLICA FRUCTUÓS GELABERT de Barcelona tenemos la oportunidad de ejercer de maestr@s por un día. Sí, es una de esas pequeñas/grandes oportunidades que te brinda la vida. Un pequeño milagro dentro de la mediocridad imperante. Tu escuela. Un año más, y van dos, las ocupaciones profesionales no me han permitido participar de la jornada. Aún así, esta mañana no he podido evitar pasarme para palpar de primera mano el ambiente que allí se respiraba. Era un auténtico hervidero de familias disfrutando de la dicha de vivir la educación en comunión. Es algo que sólo sabes lo que es cuando lo vives en primera persona.

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Hija, ni te imaginas lo diferente que es tu escuela en comparación con la mía. No me quejo de nada. Creo que recibí una magnífica educación pero, sinceramente, mi idea de la educación siempre fue otra. Ni mejor ni peor, simplemente diferente. Dicen que la memoria es la facultad de acordarnos de todo aquello que quisiéramos olvidar. Y si hay algo de lo que quiero realmente olvidarme y que mejor conservo en mi memoria, es el tiempo que pasé en la escuela. Allí fue donde mi carácter se impregnó de la caspa de la sociedad y el entorno en el que crecí. Ni más ni menos que un reflejo de la España de los setenta. Un sitio en el que maduré y perdí la inocencia, pero también un lugar donde forjé el idealismo que, a pesar de los palos que la vida me ha dado, aún no he perdido.

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Es por eso que hoy al entrar en la escuela he recordado una canción del grupo británico Supertramp que siempre me gustó especialmente. Se trata del tema The Logical Song. Hoy soy yo el que quiere compartirla contigo y decirte de qué habla, y explicarte la suerte que tienes de ir a la escuela a la que vas. Desconozco si cuando Roger Hodgson la escribió quería criticar algún sistema educativo en concreto. Ni lo sé ni me importa. Yo me quedo con la crítica implícita a todo sistema, sea el que sea, que merme la espontaneidad, la imaginación y la rebeldía, en favor de lo sensato, lo práctico y lo bien visto.

Hoy por la mañana te he visto de lejos, mientras señalabas a una amiga el dibujo que habías hecho para representar tu pequeño gran mundo. Soy afortunado, pensé, tengo una hija que cada día va feliz a la escuela. E incluso, cuando llega la soporífera tarde del domingo, se alegra al pensar que al día siguiente será lunes y volverá a estar en la escuela. Ojalá esa ilusión te dure siempre, aunque sé que no será así. El inevitable peso de los días acabará matando tu ilusión pero, al menos, no tendrás un motivo para querer olvidar los años de tu paso por la escuela. Gracias a tod@s los que hacéis posible cada año este fantástico sueño llamado TOTS A L’ESCOLA. ¡Gracias por mostrarnos ese pequeño gran mundo!

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Consejos de padre

Te escucho atentamente mientras me ofreces de forma desinteresada una lección magistral sobre cómo utilizar el Hangouts. Y es que aún no tienes edad para disfrutar de teléfono móvil (o sí), pero ya lo usas mejor que yo. Mi cabeza rebusca alguna imagen de mi infancia que me sitúe en una escena similar, cuando caigo en la cuenta de que se acerca el día del padre. Es curioso, para celebrar un día dedicado a la labor de los padres hubo que esperar hasta la primera mitad del siglo XX, mientras que un día dedicado a la madre ya se celebraba en la antigua Grecia y, por lo que he leído, los aztecas ya honraban la maternidad con especial devoción.

Y es que es lógico, la ficción no deja de ser más que un reflejo de la realidad. Sinceramente, no es muy común que los hombres hablemos de las sensaciones y miedos que nos provoca la paternidad. No está mal reconocerlo. Desde niño he tenido envidia sana de las mujeres. Ellas, por suerte, no tienen vergüenza de hablar de la maternidad sin tapujos. Supongo que en su caso es algo innato. Para nosotros, los hombres, ser padre supone enfrentarnos a una realidad diferente. Es pisar un terreno desconocido que nos asusta. Tal vez por eso estoy aquí tratando de rellenar ese hueco. Siempre me han gustado los retos, y esa fue la razón por la que decidí llenar un espacio no demasiado poblado con mis torpes opiniones.

Creo que era Borges el que decía que nunca se sale ileso de la lectura de un libro. En este sentido confieso que he leído magníficas experiencias sobre la paternidad, como la relatada por Joan Barril en su excepcional Condición de padre, o el soberbio libro de de Héctor Abad Faciolince El olvido que seremos, sin olvidar el sublime Quieto de Màrius Serra. Todos ellos consiguieron conmoverme y por eso son lecturas que recomiendo a mis congéneres como autorregalo del día del padre.

A pesar de ello, en mi opinión, no hay nada más sobrevalorado que los consejos de padre. Seguro que todos recordamos alguna canción, anuncio publicitario o película en la que los protagonistas siempre recuerdan aquel maravilloso consejo que su padre les dio una noche de verano a la luz de la luna. Los consejos de padre representan, más que una realidad, el imaginario de lo que nos hubiera gustado escuchar cuando éramos niños.

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A mí por ejemplo me hubiera gustado que mi padre me hubiese dicho cosas profundas como: “Nunca confundas la riqueza con el éxito” o “Haz lo que creas correcto, sin importar lo que piensen los demás”. Pero no fue así. Todo se reducía a “Lávate los dientes antes de acostarte” o “¿Tú qué crees, que los pájaros maman?”. Ambos consejos no están nada mal, todo sea dicho de paso, pero están muy lejos de esa épica homérica de la que normalmente se rodea la figura del padre y, en especial, sus consejos.

Cuando rebusco en mi memoria sobre cuál es el consejo de mi padre que mejor recuerdo, me viene a la mente uno que habla de carreteras, comida y camiones. Sí, ya lo sé. Tiene poco de heroico, pero la realidad es la peor enemiga de la ilusión. Recuerdo que un día mi padre me dijo muy serio “Si estás en ruta y buscas un buen restaurante para comer fíjate siempre que haya muchos camiones aparcados, eso indica que se come bien y barato”. Te prometo que he intentado seguir su consejo cada vez que viajo, pero es que normalmente conduzco por autovías, y en las áreas de descanso donde veo camiones aparcados es donde peor se come del mundo mundial. Imagino que cuando el otro día te dije que no “arrancaras de cuajo” la memoria USB del PC porque podrías perder la información que contenía, te sonaría igual de obsoleto que el consejo de mi padre.

Supongo que educar es como sembrar y esperar que poco a poco la semilla vaya germinando gracias a las lluvias de abril y el sol de mayo. Y es por eso que en días como hoy me pregunto qué recordarás de mí el día de mañana, sobre todo porque no soy demasiado dado a repartir consejos. Sé que el primer hombre en la vida de una hija es su padre, y espero que me recuerdes como alguien que estuvo a la altura de tal honor. Lo único que deseo es que algún día me digas que eres una mujer feliz que ha encontrado su lugar en el mundo.

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Felicidad para Dummies

El pasado fin de semana estaba buscando un libro en una céntrica librería y descubrí con asombro que, al parecer, la felicidad es un tema que nos tiene ligeramente preocupados. Así a simple vista me encontré con una decena de títulos que hablaban del tema: Escuela de felicidad, Filosofía para la felicidad, Tropezar con la felicidad, Una nueva felicidad, En defensa de la felicidad, El camino de la felicidad, La conquista de la felicidad, Las gafas de la felicidad, El arte de la felicidad, La auténtica felicidad… En mi opinión, creo que estamos realmente jodidos. Está claro que como adultos buscamos la felicidad por encima de todas las cosas, pero, ¿qué es la felicidad? Vaya pregunta, ¿no? Yo en caso de duda suelo remitirme a la Real Academia Española. Rebuscando en las páginas del diccionario fue donde recordé su definición: “Estado de grata satisfacción espiritual y física.”

La sorpresa fue que ese mismo día tropecé con una noticia en el diario que hablaba del Informe 2016 sobre la Felicidad Mundial elaborado por la ONU. ¡Dios mío!, pensé, alguien está empeñado en que yo también encuentre la felicidad sea como sea. Me zambullí interesado en la noticia y descubrí con asombro que, curiosamente, los diez países más felices del mundo no tienen nada que ver con los que, al menos yo, me había imaginado. Podría haberme jugado doble contra sencillo con cualquiera la respuesta y habría perdido hasta la camisa. Bueno, lo diré ya. Ahí van los diez primeros de carrerilla: Dinamarca, Suiza, Islandia, Noruega, Finlandia, Canadá, Países Bajos, Nueva Zelanda, Australia y Suecia.

¡Qué! ¡Vaya sorpresa! ¿No? Pues el caso es que el mejor situado de los países de lengua española es Costa Rica en el puesto 14. México en el 21, Chile el 24. Panamá el 25, Argentina el 26, Uruguay el 29, Colombia el 31 y, finalmente, España no aparece hasta el número 37 de la lista. A mí siempre me habían vendido la moto de que en el Sur se vivía mejor. ¿Dónde quedan los ecos de aquella canción de Raffaella Carrà que pregonaba que para hacer bien el amor había que venir al Sur? Todo un mito. Resulta que ahora el secreto de la felicidad está en Dinamarca. No hay como pasar frío y no salir de casa para encontrar la felicidad en las pequeñas cosas.

Según dicho hyggeinforme, la felicidad ofrece una mejor medida del bienestar humano que indicadores tradicionales como la educación, la salud, la pobreza, o el nivel de ingresos. Al parecer las personas que viven en los países más felices tienen una esperanza de vida más alta, más apoyo social, más libertad para tomar decisiones en la vida, menos corrupción, son más generosos y, además, su producto interior bruto per cápita es más alto.

Al levantar la vista del diario recordé la vistosa portada del libro, bestseller en 14 países,
del que todo el mundo habla: Hygge: la felicidad en las pequeñas cosas. Al parecer Hygge (pronúnciese /juga/) significa ‘bienestar’ en danés, y resulta que este libro ha sido escrito por Meik Wiking fundador del Instituto para la Búsqueda de la Felicidad, ahí es nada. En mi opinión, lo que hace que Dinamarca sea el país más feliz del mundo, no son las velas, ni los cojines ni los jerséis gordos. Creo que tiene mucho más que ver el que disfruten de una jornada laboral de 35 horas, acceso gratuito a la sanidad y a la universidad, sueldos altos, buenas pensiones, y una más que razonable igualdad entre hombres y mujeres.

Cuando el miércoles te fui a buscar al entrenamiento de fútbol estaba ansioso por preguntarte qué era para ti la felicidad. Siempre he creído que los niños son más sinceros que los adultos y, no sé por qué, creo que son los verdaderos expertos en felicidad. Te hice la pregunta con decisión pero no me respondiste. A cambio me la devolviste tú a mí:

-¿Y para ti, papá, qué es la felicidad?- me preguntaste.

Pensé que para mí la felicidad era un regalo invisible a simple vista. Ese instante que pasa sin darnos cuenta, como un parpadeo. Pero simplemente respondí:

-Pues, no lo sé. Supongo que estar junto a ti.
-¿Y para ti?- insistí de nuevo.
-Pues jugar al fútbol con mi equipo y, si tengo suerte, meter un gol- me respondiste.

Pues ahí está la solución al enigma. Sin quererlo me has dado el secreto de la felicidad: desconectar, disfrutar del momento, construir un proyecto común, pensar más en el nosotros que en uno mismo y, en definitiva, disfrutar de la tribu.

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¿Acaso soy un ‘padre helicóptero’?

Vuelvo a recordarte por enésima vez que te metas en la bañera y me respondes: “¡Jo, papá!, ¡eres un pesado!” ¿Pesado, yo? ¿Me has llamado pesado? Sí, he oído bien. ¡No puede ser! Lo peor de todo es que no es la primera vez que me lo dices esta semana. ¡Encima que me preocupo por ti! Pero, bueno. ¿Qué me está pasando? ¿No me estaré convirtiendo en uno de esos ‘padres helicóptero’? No, eso no. Antes muerto que un padre helicóptero. Yo no soy uno de esos seres que sobreprotegen a sus hijos evitándoles dificultades y limitando sus posibilidades de desarrollo.

¿Cómo voy a ser yo uno de esos padres que combinan la sobreprotección con el exceso de control? ¡Ay, Dios mío! Que va a ser que sí. Que a veces hablo de ti en plural y estoy dado de alta en más de cuatro grupos de WhatsApp relacionados con el cole. Tanta intromisión en la vida de los infantes me pone un poco de los nervios. Ya me parecía a mí que eso del colecho y la lactancia ad infinitum no podía traer nada bueno. Decía el escritor D.H. Lawrence que tenía tres reglas para educar a los hijos: “dejarlos en paz, dejarlos en paz y dejarlos en paz.” ¡Pobre!, si hubiera vivido en estos tiempos no hubiera durado ni un asalto.padres-helicóptero.jpg

¿Se es más helicóptero siendo madre que padre? La verdad es que no tengo respuesta a esa pregunta. Lo único que sé  es que, mientras que a las mujeres se les exige entrega total, a los padres se nos permite dimitir/delegar de nuestras funciones. Los padres (en masculino) estamos programados para hacer ver que en las situaciones domésticas no pasa nada. Es por eso que normalmente somos tachados por las mujeres de falta de instinto y de no interesarnos por nuestros hijos. Los padres somos mucho más despegados. De hecho niego la mayor y me planteo si de verdad existe el instinto paternal. Hablo en primera persona, porque a mí mismo me costó encontrarlo.

Pero, ¿se puede ser un padre abnegado y entregado sin ser mujer? Lo digo porque, a pesar de nuestra aparente falta de instinto, es muy fácil como padre pasar de cero a cien en un santiamén sin apenas darte cuenta. Y ¿qué sucede cuando tratas de ser un buen padre siguiendo tu instinto? Pues que a los hombres enseguida nos ponen la etiqueta de ‘helicóptero’. O eres un despechado o un helicóptero sobreprotector. La especie humana no entiende de términos medios.

He de reconocer que me gusta hacer gala de mi paternidad pero, Dios me libre de dar lecciones a nadie. Por eso, y por tu bien, dimito de helicóptero (si es que alguna vez lo fui). A partir de ahora seré un ‘padre submarino’. Trataré de permanecer fuera de tu radar, pero prometo estar siempre atento por si necesitas ayuda. ¡Ah!, por cierto, el agua de la bañera se te está quedando helada.

 

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Hacer de cabeza corazón

Uno de los inconvenientes de ser un padre separado es el de no poder estar con tu hija el cien por cien de su tiempo. Este fin de semana tuve uno de esos momentos en los que lamenté no poder disfrutar contigo del gran espectáculo visual que estaba contemplando. No te digo más que después de los cuatro primeros minutos de película ya estaba deseando ponerme en pié y comenzar a aplaudir, a sabiendas de que podría haber hecho el ridículo más espantoso. ¿Qué lástima que no me acompañaras! En fin, tú decidiste perdértelo porque me dijiste que no sabías si te gustaría. Pero cómo no te iba a gustar esa maravilla plena de vida y color titulada La ciudad de las estrellas (La La Land).

Mientras disfrutaba de sus magnéticas canciones y sus deliciosas coreografías recordé la última película que habíamos visto juntos en Navidad: ¡Canta! Una historia muy original, con una animación de primera y una variada selección musical. Recuerdo cómo me sentí identificado con su protagonista, Buster Moon, el koala propietario de un famoso teatro que no pasa precisamente por uno de sus mejores momentos, al que se le ocurre la idea de convocar un concurso de jóvenes talentos para tratar de salvarlo. Al igual que Buster he visto cómo mi sueño se venía abajo. Y, como él, he sentido confusión y desamparo. Pero como diría el simpático koala, lo bueno que tiene tocar fondo es que ya sólo puedes ir en una dirección, y es hacia arriba.

Tanto ¡Canta! como La ciudad de las estrellas son dos historias muy bien contadas que hablan de los sueños, de cómo perseguirlos, de cómo vivirlos y de cómo renunciar a ellos. Las dos películas son un aldabonazo directo al corazón, porque la música, sea cual sea, nos desmonta, nos hace perder la razón para que triunfe el corazón. Adoro las películas que hablan más de corazón que de cabeza. Las pelis que me hacen sentir y me hacen llorar.

¡Me debes una! Tenemos pendiente volver a disfrutar juntos de esa magia que sólo sucede en el cine. Cuando después de algo más de dos horas las luces se encienden y descubres que todos los que te rodean están sonriendo. ¡Canta! y La ciudad de las estrellas rezuman ganas de vivir y el deseo de creer en nosotros mismos. Las dos regalan sueños y esperanza y, aunque sólo sea por eso, ya merece la pena gastarte los 9 euracos de la entrada. Porque a pesar de que la vida nos vaya como el culo y veamos el mundo como un lugar inhóspito, después de la negra noche siempre vendrá “otro día soleado”.

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¡Toma Candela!

Ayer te conté la noticia que acababa de leer en el diario sobre unas niñas de Barcelona que habían recaudado un millón de euros para la investigación del cáncer infantil vendiendo pulseras. Me miraste con cara de incredulidad, te levantaste de la silla y te dirigiste a tu habitación. Te oí rebuscar en tus cajones. Al poco apareciste delante de mí con una pulsera Candela de la mano.pulseras-candela

– Papá, ¿ya no te acuerdas que la compramos hace tres años?
– Pues, no.

Será la edad pero, sinceramente, no me acordaba. La historia es bien conocida por todos. Candela, una niña aquejada de leucemia, aprendió a hacer estas pulseras para combatir el aburrimiento mientras estaba ingresada en el hospital Sant Joan de Déu. Ella misma enseñó a sus amigas Daniela y Mariona a hacerlas y ellas comenzaron esta iniciativa solidaria. Lo sorprendente del caso es que desde finales de 2013 y hasta hoy, se han elaborado más de 274.000 pulseras, vendidas a precios entre 3 y 5 euros, para lo que se han usado casi 600 kilómetros de cinta. Y lo mejor de todo, con los ingresos de sus ventas han recaudado un millón de euros. ¡Increíble!, ¿no?

Mientras hablábamos de la noticia recordé un diálogo de la película Erin Brokovich en el que le preguntaban a Julia Roberts si tenía experiencia en medicina, y ella respondía: “No; tengo hijos… he aprendido mucho de ellos…”

Historias como las de Candela, Daniela y Mariona son las que nos demuestran que la pedagogía inversa existe. ¡Nos queda tanto por aprender!