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Time’s Up!

Hoy no tengo nada especial que contarte y mucho menos cuando han hablado los grandes. O, tal vez, debería decir una de las más grandes. Porque cuando juegan los profesionales a los aficionados nos toca chupar banquillo y tratar de seguir aprendiendo. Y es que hay personas que cuando hablan el mundo se para y escucha. Así es Oprah Winfrey, una mujer a la que much@s analistas ya ven como la futura presidenta de Estados Unidos. En mi opinión, el carisma y la frescura de las que ella hace gala con su habitual naturalidad es justo lo que el siglo XXI necesita para adquirir la mayoría de edad que está pidiendo a gritos. En esta era de la posverdad, hablar y decir la verdad es la herramienta más poderosa con la que contamos.

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Hoy voy a hacer una excepción y no colgaré ninguna canción. A cambio quiero que veamos juntos el vídeo del discurso que Oprah Winfrey dio en la 75 edición de los Globos de Oro tras recibir el premio Cecile B. DeMille a toda su carrera. Imagino que estarás pensado, ¡Vaya palo! Y encima dura casi 10 minutos. Dios mío, 10 minutos para la generación YouTube es casi una vida. ¿Qué digo una vida! ¡Una eternidad! Pues lo siento mucho, pero no te vas a librar. Porque las personas como Oprah nos hacen mantener viva la esperanza de un mañana mejor. Allá vamos. Siento la curiosidad en tu mirada. Tus ojos me muestran un gran signo de interrogación: ¿quién es Oprah Winfrey, papá? Pues una periodista afroamericana que, además de desarrollar su carrera como presentadora, productora y empresaria fue candidata al Óscar a mejor actriz de reparto por su papel como Sophia en esa joya de tono azabache titulada El color púrpura. Además, yo ya te he hablado muchas veces de ella como una de las más importantes activistas del movimiento MeToo contra el acoso sexual.

Ahora veamos el vídeo. El tiempo se acaba, pero debemos mantener la esperanza de un mundo mejor. Yo siempre pensé que mi generación lo haría mejor, pero no ha sido así. Lamento decepcionarte, yo no puedo servirte de ejemplo, hija. Lo tuvimos todo a favor y lo hemos hecho como el culo. Éramos los hijos cuyos padres habían luchado en el Mayo del 68. Hoy, 50 años después, ya ves dónde hemos llegado. Cambiamos un futuro mejor por un plato de lentejas. Me viene a la cabeza aquella frase de mi adorado Groucho Marx: “Partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cotas de miseria.” No quiero meterte presión. Pero el futuro está en tus manos, en vuestras manos. Mírate en el espejo de Oprah. Lucha. Grita. Quéjate. Pelea. Da la cara. Siempre me tendrás a tu lado en la lucha. El futuro, nuestro futuro, está en las manos de tu generación. Se acerca un nuevo día en el horizonte. La lucha continua.

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Wonder

Han pasado ya cuatro días y no consigo quitármelas de la cabeza. Cada vez que cierro los ojos están ahí. Como un pensamiento chungo que no puedes sacarte de la cabeza. El pasado fin de semana pusimos rumbo al norte de Noruega con la idea de ver auroras boreales. Me costó decidirme por lo costoso del viaje, pero al final pensé que los sueños existen justo por eso, para poder hacerlos realidad.

Hay pocos fenómenos naturales tan maravillosos e imprevisibles como las luces del norte. Verlas es una simple cuestión de suerte, pero también, por qué no decirlo, es una experiencia única. Es por eso que cuando contemplas tal espectáculo solo puedes sentir agradecimiento y gratitud. Parafraseando una de las frases de Auggie Pullman, el protagonista del libro Wonder: “Debería haber una norma que dijese que todo el mundo debería ver una aurora boreal al menos una vez en la vida.” Porque pocas cosas hay comparables a la danza celestial de las auroras boreales. Verlas y sentirlas sobre tu cabeza es darte cuenta de lo maravilloso que es vivir.

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© photo: The Nothern Soul Adventures

Ya sé que ser agradecido no está de moda. Nuestro día a día no nos permite ponernos en el lugar del otro, y muchísimo menos la reflexión necesaria para fomentar la gratitud. Tal vez por eso sé que tenerte a mi lado es lo mejor que me ha pasado en la vida, y poder compartir contigo una experiencia como esta es un motivo más para estar agradecido a la vida. Y cómo no, mostrar agradecimiento a los que hicieron posible que estuviéramos allí (gracias Todd, siempre) y, cómo no a Hanna y Jeff nuestros amigos de The Nothern Soul Adventures, y a todos los que no estabais, porque seríamos vuestros ojos. Compartir con vosotros esta maravilla es mi forma de daros las gracias por vuestra amistad. Por estar ahí cuando la vida pinta en bastos o pinta en copas.

Porque la vida es como las auroras boreales: ahora estás aquí… y mañana quién sabe. Nos recuerdo la noche del sábado mientras mirábamos ateridos de frío aquel cielo estrellado que daba miedo. Fue justo entonces cuando comenzó el espectáculo. Sobre la línea del horizonte apareció una ligera neblina blanca y alargada ondeando como una bandera de gas fluorescente. Poco a poco la mancha vaporosa se fue haciendo más opaca hasta que, de repente, empezó a cambiar de color y se transformó en un verde de diferentes tonalidades con los flecos de color rojizo. Más o menos, todas las auroras que vimos tenían el mismo color, pero de formas e intensidades muy diferentes. El haz flameaba sobre nosotros al tiempo que se alargaba y encogía. No era un mero dibujo de colores, sino una suerte de tela luminosa que caía sobre nuestras cabezas como los polvos de luz de los fuegos artificiales.

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© photo: The Nothern Soul Adventures

Estuvimos viendo auroras durante al menos cuatro horas, pero se nos hizo tan corto como un suspiro y, a pesar del frío, tú no querías regresar. De camino al hotel te quedaste dormida en la furgoneta. No sé con qué estarías soñando. Puede que soñaras con las fascinantes y enigmáticas luces del norte, pero de lo que estoy seguro es de que vivimos una experiencia que nos costará olvidar. Dicen que ver la primera aurora boreal es como el primer amor, por mucho tiempo que pase nunca se olvida. Viendo tu cara supe que así sería.

La vida me ha enseñado que ser agradecidos nos hace más generosos. Nos permite pararnos un momento a pensar y darnos cuenta de lo que nos pasa, lo que estamos viviendo, y así tomar conciencia de lo afortunados que somos. Sé que algún día, igual que viniste, desaparecerás de mi lado. Tendrás que hacer tu propio camino, como las luces del norte, pero nada ni nadie podrá borrar de nuestra memoria la maravilla que vivimos en Laponia aquella gélida noche de invierno.

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La dignidad de los pobres

Hija, un año más se nos escapa de los dedos. La verdad sea dicha, no daba un duro por este año 2017, pero al final creo que ha sido un año más que aceptable. ¡Qué digo aceptable!, podría asegurar que ha sido casi excelente. Hemos vivido grandes experiencias juntos y nuestra relación sigue creciendo, muy a pesar de las zarzas de la preadolescencia que ya comienzan a sembrar el camino.

Hoy, como manda mi particular ritual navideño, he vuelto a ver Love Actually. Este año, gracias a tu tía, la he visto con ojos diferentes. Ella me regaló la visión del poeta y dramaturgo canadiense Ernesto Filardi, según el cual las mujeres prácticamente no hablan en el filme. ¡Y tiene toda la razón! ¡Cómo he podido no darme cuenta hasta ahora! Mira que amo esa película que me ha hecho llorar tantas veces. ¿Será porque soy hombre? Estoy seguro de que esa es la razón fundamental. Y es que, por más que lo intentemos, vivimos en una sociedad en la que el papel de la mujer está relegado a la silenciosa abnegación. La perversión de este sistema en el que vivimos es que siempre intenta silenciar todo lo que resulta atractivo, no sea que tenga algo interesante que decir. El poder establecido juega a confundirnos y tiende a difuminar la realidad de lo que está sucediendo. Por eso es tan importante poner nombre a las cosas, darles forma, porque nombrarlas las hace visibles.

La filósofa valenciana Adela Cortina, un ser humano perteneciente al denominado “sexo débil” –en sentido irónico, por supuesto, como manda la RAE– ha dado nombre a algo que TODOS sentimos pero no manifestamos: el miedo, rechazo o aversión a los pobres. El término ‘Aporofobia’, acuñado por ella en la década de 1990, ha sido incorporado en septiembre de este año en el Diccionario de la Lengua Española (DEL) y elegida por la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) como la palabra del año 2017.

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Sé que no es algo políticamente correcto, pero ese miedo existe y está en la calle. Nos asusta aquel que es diferente porque, a simple vista, no puede ofrecernos nada interesante a cambio. Nada material, se entiende. El resto no importa. Y, sinceramente, no creo que sea un problema de xenofobia, porque no nos dan asco los niños de color adoptados, ni los jeques o chinos propietarios de importantes clubes de fútbol. Simplemente nos molestan los pobres, los que no son solventes, los que no consumen: aquellos que nos ponen frente al espejo de lo que podríamos llegar a ser. Seres humanos con cara y ojos que nos recuerdan en lo que podríamos convertirnos si no jugamos las cartas como toca.

Es por ello que el próximo año seguiré luchando por la justicia, la educación y, sobre todo, por la igualdad de oportunidades. Porque no es justo que una parte de la población desprecie a otra por considerarlos inferiores simplemente por no tener posesiones. Ya lo decía el maestro Andrés Calamaro en su canción Estadio Azteca: “Dicen que hay algo que tener, y no muchos tenemos…” Si algo me ha enseñado la vida es que a veces es una simple cuestión de suerte. Nacer, en sí mismo, es una suerte. Dónde naces, también. Y te lo aseguro, hija, cada ser humano, por muy pobre que sea, vale su peso en “chuches”

¡Feliz 2018! (el siglo XXI se nos está haciendo grande, al menos a mí).

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El viento nos llevará

Debe ser que me hago mayor, por no decir viejo, pero noto que cada vez tengo más necesidad de volver a los lugares que tienen que ver con mi infancia. Creo que son una manera de detener el tiempo, de tratar de evitar cada día hacerme un poco más mayor. Supongo que cada uno tenemos nuestras estrategias. En mi caso, cuando tengo dudas o necesito ese rinconcito tranquilo para tomar una decisión importante, siempre regreso a mi ciudad natal: Valladolid. Su embrujo tiene la capacidad de hacerme viajar al territorio de la niñez, ese lugar confortable donde me sentía protegido y la vida era más sencilla, que no más facil.

Hace exactamente un año mi vida se paró casi por completo. Así, sin preguntar ni nada, todo se detuvo en seco. En aquel momento tuve la necesidad de coger aire. Necesitaba un lugar donde lamerme las heridas y tú me acompañaste. Vinimos a Valladolid. Ese lugar donde recargar mis pulmones, aunque fuera de aire helado, y tomar impulso. Un año despues estamos aquí de nuevo, tú y yo. Hace un mes tracé el plan con sumo cuidado. Como en una novela de nuestra adorada Agatha Christie todo estaba minuciosamente planeado. Teníamos que volver al lugar de los hechos, y quería que me acompañaras de nuevo. Lo que ni tú ni yo sabíamos era el regalo que nos estaba esperando. Además de reencontrarnos con la familia hemos visto esa delicia de película titulada La vida de Calabacín en compañía de tu tía y tu prima. Siempre a nuestro lado, porque el camino en compañía siempre es menos duro.

Esta película, dirigida por Claude Barras, posee una inocencia casi milagrosa. Es un delicado poema animado donde la emoción es más importante que la técnica. Tiene un punto muy similar a Los 400 golpes de Francois Truffaut, por su sinceridad al reflejar el dolor preadolescente, al que ya estoy empezando a acostumbrarme muy a mi pesar. A diferencia de la mayoría de películas familiares que he visto hasta la fecha (y no son pocas), La vida de Calabacín no trata de transmitir optimismo y alegría, sino más bien que es posible reaccionar positivamente a las dificultades de la vida. El resultado es una película que te habla al oído, en voz bajita, sobre la esperanza y el coraje, y la necesidad de ayudar a los que necesitan nuestra ayuda.

Decía Bauman que el optimismo nos da fuerzas y coraje para actuar, ya que si permanecemos a la defensiva no explotamos todo el potencial de nuestra inteligencia. Y es que si hay un aspecto humano inmortal, ese es la esperanza. No me puedo imaginar la especie humana sin esperanza. Ten fe, cree, sueña y no tengas miedo del camino. Si cuidas a los que te acompañan, todos tus temores… el viento se los llevará.

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Black Friday

Hoy nos hemos despertado con la noticia de Agustín, un hombre de 56 años que murió en otoño de 2013 y hasta la semana pasada no se descubrió el cadáver en su domicilio de Madrid. Cuentan que el cuerpo fue encontrado momificado en una habitación de la casa. Lo más curioso es que su hallazgo se produjo cuando iba a ser desahuciado de su domicilio. Durante estos cuatro años nadie lo ha echado de menos. ¿Te imaginas? En el barrio todos se hacían la misma pregunta: “¿Cómo es posible que llevase en su domicilio cuatro años fallecido?”. Los más sorprendidos han sido los vecinos del bloque, los de su mismo rellano de escalera. “Es increíble, pero hemos estado cuatro años conviviendo con un cadáver sin saberlo”, dijeron. Nadie olió nada raro, nada extraño. Todo absolutamente normal. Eso sí, en su buzón no cabía ni un solo papel al estar repleto de cartas y documentos. Además, durante estos cuatro años, le habían cortado el agua y la luz, pero, obviamente, nadie le daba por muerto. ¿Por qué? Pues porque vivimos en una sociedad de zombies. Cuando leo o escucho noticias como esta me doy cuenta de que los vivos estamos más muertos que el pobre Agustín. Nos importa un carajo lo que pasa a nuestro lado. Lo único importante es que no nos salpique la mierda (con perdón) del vecino.

Esta mañana, mientras me pasaba la tostada con la noticia, te miré fijamente a los ojos y pensé: “¿Y tú? ¿Te acordaras de mí cuando haya muerto? Sé que parece unan pregunta fácil de responder, pero es que el pobre Agustín tenía una hija, y en cuatro años no había echado de menos a su padre. Luego, me acordé de Eusapia, aquella ciudad inventada por Italo Calvino. Esa ciudad en la que sus habitantes habían construido una copia idéntica de su ciudad bajo la tierra. Tal era la vitalidad de la Eusapia de los muertos, que la de los vivos se había puesto a replicar su copia subterránea. Así, en esas dos ciudades gemelas, ya no había forma de saber cuáles eran los vivos y cuáles eran los muertos.

Luego llegó la publicidad para recordarnos que hoy es Black Friday. Se acabaron nuestros problemas. Los vivos trataremos de recordarnos que estamos vivos dándole estopa a nuestra tarjeta de crédito. Porque lo vivos somos así, nos morimos por consumir. Es lo único que nos mantiene vivos. He dado un sorbo al café y, así sin avisar ni nada, me has dicho: “Papá, te quiero un montón.” Ya está. Ya pasó todo. Todo ha sido un mal trago. La vida vuelve a tener sentido. Mi amor, por si algún día te apetece, te dejo aquí el cuento de Eusapia. Y trata de vivir a tope, aunque mueras en el intento.

No hay ciudad más propensa que Eusapia a gozar de la vida y a huir de los afanes. Y para que el salto de la vida a la muerte sea menos brusco, los habitantes han construido una copia idéntica de su ciudad bajo tierra. Esos cadáveres, desecados de manera que no quede sino el esqueleto revestido de piel amarilla, son llevados allá abajo para seguir con las ocupaciones de antes. De éstas, son los momentos despreocupados los que gozan de preferencia: los más de ellos se instalan en torno a mesas puestas, o en actitudes de danza o con el gesto de tocar la trompeta. Sin embargo, todos los comercios y oficios de la Eusapia de los vivos funcionan bajo tierra, o por lo menos aquellos que los vivos han desempeñado con más satisfacción que fastidio: el relojero, en medio de todos los relojes detenidos de su tienda, arrima una oreja apergaminada a un péndulo desajustado; un barbero jabona con la brocha seca el hueso del pómulo de un actor mientras este repasa su papel clavando en el texto las órbitas vacías. Claro, son muchos los vivos que piden para después de muertos un destino diferente del que ya les tocó: la necrópolis esta atestada de cazadores de leones, mezzosopranos, banqueros, violinistas, duquesas, mantenidas, generales, más de cuantos contó nunca ciudad viviente. La obligación de acompañar abajo a los muertos y de acomodarlos en el lugar deseado ha sido confiada a una cofradía de encapuchados. Ningún otro tiene acceso a Eusapia de los muertos y todo lo que se sabe de abajo se sabe por ellos. Dicen que la misma cofradía existe entre los muertos y que no deja de echarles una mano; los encapuchados después de muertos seguirán en el mismo oficio aun en la otra Eusapia; se da a entender que algunos de ellos ya están muertos y siguen andando arriba y abajo. Desde luego, la autoridad de esta congregación en la Eusapia de los vivos está muy extendida. Dicen que cada vez que descienden encuentran algo cambiado en la Eusapia de abajo; los muertos introducen innovaciones en su ciudad; no muchas, pero sí fruto de reflexión ponderada, no de caprichos pasajeros. De un año a otro, dicen, la Eusapia de los muertos es irreconocible. Y los vivos, para no ser menos, todo lo que los encapuchados cuentan de las novedades de los muertos también quieren hacerlo. Así la Eusapia de los vivos se ha puesto a copiar su copia subterránea. Dicen que esto no ocurre sólo ahora: en realidad habrían sido los muertos quienes construyeron la Eusapia de arriba a semejanza de su ciudad. Dicen que en las dos ciudades gemelas no hay ya modo de saber cuáles son los vivos y cuáles los muertos.

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Ciao, Gigi!

Siempre me recriminas que aplauda los goles del equipo contrario. Te pone de muy mal humor y, además, te cabreas conmigo. Pues mira tú por dónde. Hoy me he sentido muy identificado con Gianluigi Buffon, el porterazo de la Juve y de la selección italiana, al que los dos admiramos tanto.

Ayer, justo antes de comenzar el partido de clasificación para el Mundial tuvo un gesto ejemplar para con sus rivales. Italia se jugaba la clasificación para el Mundial de Rusia, en el partido de vuelta de la repesca, ante Suecia. Instantes antes de empezar el partido, mientras sonaban los himnos nacionales, el estadio Giuseppe Meazza comenzó a abuchear y silbar el himno de la selección sueca. ¿Y sabes qué hizo Buffon? Pues se puso a aplaudir el himno de la selección visitante como protesta a lo que estaban haciendo los aficionados italianos. ¡Así son los más grandes!

Lo que a buen seguro no se imaginaba Gigi era cómo iba a terminar el desenlace. La “Squadra Azzurra” no pasó del empate en Milán y no irá al Mundial de Rusia. ¡Una verdadera lástima! El mundial de Rusia no será igual que los demás. Y no solo porque España juegue con la camiseta tricolor, sino porque no estarán ni Buffon, ni Verrati, ni Bonucci, ni El Shaarawy…

Siempre he sido muy de Italia. Todavía recuerdo aquella tarde de julio del Mundial de España en el que se jugó el mítico partido entre Brasil e Italia. Yo tenía 18 años. Todos mis amigos apoyaban a Brasil y yo, solo ante el peligro, animé hasta quedarme afónico a la “Squadra Azzurra” capitaneada por el gran Paolo Rossi. El mejor Brasil de la historia, con Zico, Luizinho, Junior, Toninho Cerezo, Falcao y Sócrates cayó eliminado ante Italia por dos goles a tres. El partido tuvo de todo. Además de los goles tuvo tensión, estética, polémica, emoción y, por encima de todo épica, mucha épica. Si algo aprendí de aquel partido fue, precisamente, la importancia de ser práctico.

Esta mañana, mientras recordaba el partido, pensé en Buffon, en sus lágrimas de despedida de la selección, y en lo extraño que será un Mundial sin Italia 60 años después. Pero lo que nunca podré olvidar es la maravillosa carta que el legendario cancervero italiano dedicó a la portería. La escribió para celebrar su récord de imbatibilidad en la Serie A, tras haber acumulado 974 minutos sin encajar goles. Aquí te la dejo. Es una de las cartas de amor más apasionadas que he leído nunca. Amor. Amor en estado puro a una profesión tan ingrata y poco agradecida como la de portero de fútbol. Ese jugador que viste distinto al resto de sus compañeros, y sufre más que ellos. Casi siempre está solo ante el peligro. Condenado a ver el partido desde lejos, sin poder hacer goles y tratando de que no se los metan a él. Vamos, que si hubiera tenido que redactar una definición de ‘padre’ o ‘madre’ no lo hubiera hecho mejor en la vida. Ojalá, algún día llegues a hacer algo que despierte en ti tanto amor como el que expresa Gigi Buffon en su misiva. ¿Se puede decir algo más bello? Disfrútala.

Tenía 12 años cuando te di la espalda.

Renegué de mi pasado para asegurar tu futuro.

Fue una elección del corazón.

Una elección del instinto.

Justo el día en que dejé de mirarte a la cara, sin embargo, empecé a amarte.

A protegerte.

A ser tu primer y último instrumento de defensa.

Me prometí que haría todo lo posible para no cruzarme con tu mirada. O para hacerlo lo menos posible. Pero cada ocasión fue un sufrimiento, tener que darme la vuelta para entender que te había desilusionado.

Una vez.

Una vez más.

Siempre hemos sido opuestos y complementarios, como la Luna y el Sol. Forzados a vivir uno al lado del otro, pero sin poder tocarnos. Compañeros de vida a quienes se niega el contacto.

Hace más de 25 años hice mis votos: juré protegerte y vigilarte. Convertirme en un escudo contra tus enemigos. Siempre he pensado en tu bien, anteponiéndolo al mío. Y todas las veces que me di la vuelta para mirarte intenté sostener tu expresión decepcionada con la cabeza bien alta, pero a sabiendas de mi sentimiento de culpa.

Tenía 12 años cuando le di la espalda a la portería.

Y seguiré haciéndolo. Mientras las piernas, la cabeza y el corazón resistan.

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Cosas de la vida

-Papá, ¿sabes que tenemos una monitora guay en el cole?

-¿Ah, sí?

-Sí, y me encanta.

-Pero, ¿por qué?

-Pues, porque nos cuenta cosas de la vida.

Esta conversación es fácil de reproducir, pero un poco más difícil de digerir. ¿Qué significa que una monitora os cuenta co-sas-de-la-vi-da? Y, entonces, ¿qué llevamos haciendo tu madre y yo durante los 143 meses de tu existencia? Siempre he pensado que educar es preparar para la vida, aunque hablar de la vida como progenitor sea lo mismo que escribir un inútil libro de autoayuda. Un libro que tu madre y yo llevamos escribiendo contigo desde hace ya demasiado tiempo como para que, a la primera de cambio, venga una mo-ni-to-ra y nos pase la mano por la cara.

Hasta ahora creía haberte hablado de la vida cada día: de los problemas del planeta, de la injusticia social, de las guerras, de los derechos y obligaciones fundamentales del ser humano, de los niños que mueren de hambre, de la gente que huye de sus hogares buscando una vida mejor… Pero, ya veo que no ha sido así. ¿Cómo explicarte la vida, hija?

Decía Borges que nunca se sale indemne de la lectura de un buen libro. Y eso es lo que me sucedió con la lectura de Cómo explicarte el mundo, Cris de Andrés Aberasturi. Me dolió cada línea que leí y le di gracias a Dios, o a lo que sea, por tener una hija normal. Una hija con la que poder compartir momentos e, incluso, hablar de la vida, aunque ella no lo reconozca.

Tiene gracia. Hoy he recordado una noticia que me fascinó cuando la leí. Es la historia de un ingeniero y directivo de Google llamado Mo Gawdat. Creo recordar que este fenómeno confesaba haber encontrado la fórmula matemática de la felicidad después de haber perdido a su hijo de 21 años durante una operación rutinaria. Mo había llegado a la conclusión de que la felicidad no es exactamente lo que la vida te da, sino tu opinión acerca de lo que la vida te da. Si pensamos en ello nos daremos cuenta de que siempre hay algo por lo que debemos estar agradecidos y, en consecuencia, ser felices.

Cada vez tengo más claro que el secreto de una vida feliz no consiste en encontrar tu yo interior, sino en llegar a un acuerdo de no agresión contigo mismo. Cada uno debe asumir las circunstancias de su propia vida, porque un día la vida se irá y, en el mejor de los casos, alguien llorará por nosotros. Y la mimosa que plantamos ayer por ti seguirá ahí, brindando sombra a todo el que se la pida.

Ahora creo que ya te he entendido. Educar no es aleccionar, es más bien acompañar. A veces me cuesta entender que la vida es como una carta náutica, nos indica donde hay zonas difíciles de navegar, pero no nos impone un rumbo. Las personas, a pesar de convivir con la incertidumbre, no siempre necesitamos que nos den consejos. Sólo queremos que nos escuchen, nos comprendan y nos acompañen. ¿Verdad que sí, hija?